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September 07 <-<-<-<-<-<-<-<-<-<-<-< El Reino de Alcaria >->->->->->->->->->->->
CAPÍTULO 1:
El Comienzo de la Historia
Alkaria era un Reino de Paz, donde el ideal de una buena vida estaba dominado por el anhelo de pertenecer al más honorable de los rangos: los Caballeros.
El Reino estaba rodeado por las altas y escarpadas Montañas Blancas, situación que lo hacía prácticamente impenetrable a las hordas y ejércitos enemigos. A lo largo y ancho del horizonte se extendían enormes y frondosos bosques, por los que corrían todo tipo de mitos y leyendas sobre seres mágicos, tanto de índole luminosa como oscura. Sobre los orígenes de la Magia nada se sabía. Los ahora Antíguos Sabios habían dado por acabada la actividad mágica hacía muchos años, igual que hicieron sus Maestros, y así por siglos.
La vida transcurría tranquilamente en Alkaria. Cada uno de sus habitantes realizaba una tarea específica, a la que se dedicaba en cuerpo y alma, alcanzando la perfección hasta en el más mínimo detalle...
En las últimas semanas se habían visto movilizaciones de tropas en el Reino. Se comentaba que algo acechaba al Norte de las Montañas Blancas, esperando el momento de atacar. Acerca de esto nada se decía en Palacio, ni noticias de alerta ni de tranquilidad, nada, pero lo cierto es que la gente comentaba que faltaban soldados, y se empezaba a echar de menos a algunos conocidos, alistados en la Guardia Real, el ejército que defendía el Reino.
Alaron miró al cielo preocupado, día tras día observaba cómo éste se tornaba gris. Hacía poco menos de un mes que los azules y despejados cielos habían dado paso a tormentas cargadas de relámpagos que iluminaban el ennegrecido firmamento, pero
que oscurecían los ya abrumados corazones de las buenas gentes. Él sabía que pronto habría tormenta, así que comenzó a recoger el material expuesto en la fachada de la Herrería, mientras Kyliam terminaba un encargo para la Guardia Real en la parte
posterior de la tienda, como era de costumbre. Alaron y Kyliam se conocían desde la infancia, siempre habían estado juntos, y por aquél entonces llevaban la Herrería y la Forja de la ciudad, negocio al que habían acordado nombrar como La Espada de Plata.
Tras el árduo y agotador día de trabajo, los dos amigos decidieron relajarse tomando algo en El Escudo Dorado, la taberna del pueblo, lugar siempre animado y lleno de vida, donde olvidarse de los problemas resultaba sencillo y agradable junto a tantos
buenos amigos. Se sentaron en la barra y Roggart vino como siempre presto a atenderles. Roggart era un hombre fornido y corpulento, fuerte como un toro, conocido no sólo por ser el dueño de la taberna, sino por ser el campeón en la lucha cuerpo a
cuerpo, actividad que estaba prohibida por las leyes actuales, pero que se practicaba de forma clandestina en los sótanos de la taberna. "¡Ponnos lo de siempre, Roggart!", dijo Kyliam, y al momento Roggart apareció con una sonrisa en la cara y dos pintas de cerveza tibia en las manos. La mejor cerveza de todo el territorio del Noroeste, según decían los muchos que gustosamente la bebían. Era ya tarde cuando se despidieron de Roggart y salieron de la taberna. El cielo se había oscurecido y no quedaban ya aves surcando los cielos. Entonces, comenzó a llover. Una fina brisa mojada al principio, que rápidamente se convirtió en una tromba de agua que formaba riachuelos por las calles, y pequeñas cataratas en los aleros de los tejados de las casas. Cuando dejó de llover y se despejaron las nubes, un manto de estrellas cubrió los cielos iluminando los encharcados tejados.
Pasaron los días y los movimientos de tropas eran cada vez más frecuentes. La Guardia Real había comenzado una campaña de reclutamiento de soldados en la Plaza Mayor de la ciudad. Aunque no hubo explicaciones de por qué se llevaba a cabo, la
campaña tuvo éxito, y varias decenas de campesinos y aldenaos se sumaron al mermado pero valeroso ejército. Aunque trataban de ocultarlo, se veía preocupación en los rostros de los soldados que allí se encontraban, preocupación que no hacía presagiar buenas noticias y que, sin embargo, los alentaba a llevar a cabo su tarea de alistamiento con mayor fervor y dedicación. Alaron fue a buscar a Kyliam a la Plaza Mayor, donde éste se hallaba contemplando ensimismado las armaduras de los soldados que allí se encontraban. Debían volver rápidamente al trabajo, pues con las nuevas tropas, nuevas armas y armaduras les habían sido encargadas. Fueron hacia La Espada de Plata, donde el Capitán de la Guardia esperaba impaciente para confirmar el pedido, un pedido ampliamente mayor de lo habitual, hecho que les resultó extraño, puesto que hasta el momento no terminaban de creerse los rumores que se escuchaban por las calles sobre un ejercito invasor, ni de las supuestas maldiciones que acaecían sobre la ciudad. Kyliam no tardó en preguntar Glehendir, el Capitán, acerca de estos rumores y, aunque oficialmente no podía contarles nada, haciendo honor a la antigua amistad existente entre ellos, les confesó que ciertos rumores podrían llamar en breve a las puertas de la ciudad.
Pasaron unos cuantos días, y la vida de Alaron y Kyliam se había reducido casi exclusivamente al trabajo, debido a los contínuos avisos de emisarios reales para que acelerarn la producción tanto como pudieran. Una vez estuvo terminado el
encargo y las armaduras en poder del ejército, se reclamó la presencia de todos los soldados en la Plaza Mayor, para comunicar que la marcha hacia el campo de batalla sería inmediata. En los ojos de los soldados podía verse refeljado el miedo; la visión
del ennegrecido cielo y la marcha hacia lo desconocido no alentaba a las familias, mujeres e hijos de los valerosos hombres, que entre llantos y sollozos despedían a sus esposos, padres y hermanos. Todos sabian en el fondo de su alma que no iban a
regresar: la oscuridad crecía en sus corazones a cada paso que daban alejándose del hogar.
La marcha dio comienzo con el alba, el destino... más allá de las
Montañas Blancas, donde se encontraba el origen de esta oscuridad
sobrenatural. Multitud de soldados comandados por Glehendir avanzaban
sin dilación hacia la oscuridad por los estrechos pasos de las montañas.
A pesar del miedo hacia lo desconocido, el ánimo de los soldados era
bueno, pues siempre se habían sentido seguros cuando Glehendir, el
Capitán, su capitán, les guiaba hacia la batalla, como en tantas otras
ocasiones lo había hecho, y habían salido victoriosos.
CAPÍTULO 2:
El Despertar de los Héroes
Había pasado una semana desde la marcha del ejército, y ninguna noticia había regresado desde el frente. La desespereción se hacía cada vez más evidente en palacio, pues ninguno de los emisarios enviados en busca de noticias había regresado con vida. La falta de comunicados por parte del rey mantenía los nervios encrespados entre las gentes del pueblo, que ya empezaban a dar por
perdidos a sus queridos soldados.
Y al fin, al décimo amanecer desde que el ejercito emprediera la marcha hacia la batalla, una figura humana a lomos de un caballo se divisó en el horizonte: un soldado. No hubo sino asombro en las gentes que se agolpaban para verle cuando observaron
su conocido rostro: era Glehendir. Su estado era lamentable, las graves heridas que tenía por todo el cuerpo hacían temer por su vida, y en su rostro se reflejaba la amargura del fragor de la batalla. Lágrimas brotaron de sus ojos cuando al ver el rostro de la gente recordó a todos los soldados que habían quedado atrás.
Después de tantos días sin noticia alguna, el regreso de un solo hombre acabó con la esperanza, y la desolación invadió los
corazones de los habitantes del Reino, pues sólo podía significar una cosa: la derrota del ejército y la muerte de los soldados.
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